miércoles, agosto 12, 2026
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Cuando la tierra tiembla, Colombia necesita recordar que nadie está solo

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Editorial | Generación Nueva

Hay momentos en los que una nación entera parece detenerse. El lunes 10 de agosto, a las 7:34 de la mañana, Colombia fue sacudida por un terremoto de magnitud 7,4 cuyo epicentro fue localizado en San José del Palmar, Chocó. El Servicio Geológico Colombiano estableció una profundidad cercana a los 103 kilómetros y confirmó que se trató del evento sísmico de mayor magnitud registrado en Colombia en este siglo.

El movimiento se sintió en amplias zonas del territorio nacional y también fue percibido en países vecinos. Pero detrás de las cifras, de las imágenes de edificios afectados y de los mapas que intentan explicar la dimensión del fenómeno, existe una realidad que ningún informe técnico puede resumir completamente: hay familias que están buscando a los suyos, personas heridas esperando atención y comunidades enteras intentando comprender cómo reconstruir sus vidas.

Y es allí donde una tragedia nacional nos plantea una pregunta que va mucho más allá de la emergencia inmediata: ¿qué hacemos los colombianos cuando el dolor llega a la puerta de todos?

Antes que edificios, están las personas

Durante las primeras horas de una catástrofe, es natural que aparezcan cifras, imágenes y reportes. Necesitamos información. Necesitamos saber qué ocurrió, dónde ocurrió y cuál es la magnitud de los daños.

Pero no podemos permitir que la dimensión humana quede sepultada debajo de los números.

Las ciudades de Cali, Pereira, Manizales, Armenia y Quibdó, entre otras zonas del occidente del país, han enfrentado daños importantes, estructuras colapsadas, afectaciones en viviendas, infraestructura hospitalaria, vías y servicios. Las operaciones de búsqueda y rescate continúan mientras las autoridades intentan localizar a personas que podrían permanecer atrapadas.

A esta hora, además, los balances de fallecidos y heridos continúan cambiando. Reportes publicados este 11 de agosto registran más de un centenar de víctimas mortales y centenares de heridos, mientras los organismos de socorro continúan trabajando sobre los escombros.

Por eso, desde Generación Nueva creemos que debemos tener cuidado con la manera en que contamos esta historia.

No estamos hablando simplemente de un terremoto.

Estamos hablando de personas.

De una madre que espera noticias de su hijo.
De un padre que busca entre los restos de su vivienda.
De un rescatista que lleva horas trabajando sin saber cuándo podrá descansar.
De un médico que atiende pacientes mientras su propia ciudad intenta levantarse.
De un voluntario que llega con sus propias manos porque sabe que debajo de los escombros puede haber alguien esperando una oportunidad para vivir.

En medio de una tragedia, cada vida importa.

El Estado debe estar donde más se necesita

Una emergencia de esta magnitud exige que las instituciones funcionen con rapidez, coordinación y transparencia.

El Gobierno Nacional declaró la situación de desastre nacional, interrumpió la agenda presidencial y estableció mecanismos de coordinación para concentrar la respuesta en las zonas afectadas. También se instaló un Puesto de Mando Unificado para articular las operaciones y se desplegaron equipos de emergencia hacia los territorios golpeados.

Las autoridades locales también han adoptado medidas extraordinarias para facilitar las operaciones de rescate y proteger a la población. En Cali y Pereira, por ejemplo, se establecieron restricciones nocturnas y dispositivos de seguridad con el propósito de mantener el orden y permitir que los equipos de emergencia puedan trabajar.

Pero en una tragedia de esta dimensión, declarar una emergencia es apenas el comienzo.

El verdadero desafío está en llegar hasta donde está la gente.

Llegar a los barrios afectados.
Llegar a las comunidades rurales.
Llegar a quienes perdieron sus viviendas.
Llegar a los hospitales que necesitan recursos.
Llegar a quienes todavía esperan ser encontrados.

Y, sobre todo, llegar a tiempo.

Las primeras horas después de un terremoto pueden ser determinantes para salvar vidas. Por eso, cada minuto de coordinación entre bomberos, Defensa Civil, Cruz Roja, Fuerzas Militares, Policía, personal sanitario, autoridades locales y voluntarios tiene un valor incalculable.

Colombia necesita ver en estos días un Estado presente, pero también una sociedad presente.

La solidaridad no puede ser solamente una reacción emocional

Algo profundamente valioso ha aparecido entre las ruinas: la solidaridad de los colombianos.

Personas que salen de sus casas para ayudar. Voluntarios que remueven escombros. Vecinos que ofrecen agua y alimentos. Profesionales de la salud que extienden sus jornadas. Equipos especializados que buscan señales de vida entre toneladas de concreto.

En Cali se han visto escenas de ciudadanos y equipos de rescate trabajando juntos en medio de los escombros. En Pereira también se han multiplicado los esfuerzos de búsqueda y asistencia.

Esa Colombia solidaria merece ser reconocida.

Porque cuando la tierra tiembla, las diferencias políticas, sociales y económicas pierden por un instante su importancia. El dolor nos recuerda algo elemental: todos somos vulnerables y todos necesitamos de los demás.

La tragedia, sin embargo, también nos obliga a pensar más allá de la emergencia.

Después vendrán las preguntas sobre infraestructura, prevención, construcción sismorresistente, planificación urbana, atención hospitalaria, comunicaciones, vías y capacidad institucional.

Y esas preguntas deberán hacerse.

No para buscar culpables de manera apresurada, sino para aprender.

Colombia ya conoce el precio de no estar suficientemente preparada. El terremoto del Eje Cafetero de 1999, de magnitud 6,2, dejó cerca de 1.900 muertos y alrededor de 4.000 heridos, particularmente en Armenia y municipios de la región.

La memoria de aquella tragedia debe servirnos ahora.

Reconstruir no puede significar simplemente volver a levantar lo que se cayó. Debe significar construir mejor.

¿Dónde está la Iglesia cuando Colombia sufre?

Como medio de comunicación con una cosmovisión cristiana, en Generación Nueva creemos que también debemos hacernos esta pregunta.

La respuesta no debería limitarse a publicar un versículo en redes sociales.

La Iglesia está llamada a estar donde está el dolor.

Jesús enseñó que amar al prójimo no es una idea abstracta. Es acercarse, vendar heridas, acompañar, servir y hacerse presente.

Por eso, este momento representa una oportunidad para que las iglesias de Colombia no solamente oren —aunque debemos hacerlo— sino que también sirvan.

Que abran sus puertas cuando sea necesario.

Que acompañen a las familias.

Que colaboren con las autoridades y organismos de socorro.

Que organicen ayudas de manera responsable.

Que eviten la desinformación.

Que protejan a los más vulnerables.

Que acompañen emocionalmente a quienes han perdido seres queridos.

Y que, por encima de todo, recuerden que el mensaje del Evangelio no pierde su sentido cuando llega la tragedia; se vuelve todavía más necesario cuando las personas necesitan esperanza.

Orar no sustituye la acción.

Y actuar tampoco debería hacernos olvidar la oración.

Necesitamos ambas cosas.

Una esperanza que no niega el dolor

La fe cristiana no nos obliga a fingir que todo está bien.

La Biblia está llena de personas que lloraron, preguntaron, tuvieron miedo y clamaron en medio de circunstancias que no podían controlar.

Por eso, desde una perspectiva cristiana, no creemos que una tragedia como esta deba utilizarse para lanzar explicaciones simplistas sobre por qué ocurrió. No nos corresponde convertir el sufrimiento de las víctimas en una sentencia espiritual.

Hay momentos en los que la respuesta más cristiana no es explicar el dolor.

Es acompañar al que está sufriendo.

El Salmo 34 afirma que Dios está cerca de quienes tienen quebrantado el corazón. Esa cercanía adquiere una dimensión particularmente profunda en días como estos.

Mientras los rescatistas buscan sobrevivientes bajo los escombros, millones de colombianos también buscan una razón para mantener la esperanza.

Y quizá allí tenemos una responsabilidad colectiva.

No podemos controlar el movimiento de la tierra.

Pero sí podemos decidir cómo respondemos cuando ocurre.

Podemos elegir la solidaridad sobre la indiferencia.

La verdad sobre el rumor.

El servicio sobre el protagonismo.

La unidad sobre la división.

La compasión sobre el juicio.

Y la esperanza sobre la desesperación.

Colombia todavía está buscando

Aún es demasiado pronto para hablar de una tragedia completamente dimensionada.

Los equipos de rescate continúan trabajando. Las cifras siguen cambiando. Hay comunidades que todavía necesitan ser evaluadas y familias que esperan respuestas.

Por eso, nuestro primer llamado es sencillo:

No dejemos de buscar.

Buscar a quienes todavía están bajo los escombros.

Buscar a quienes necesitan atención.

Buscar a quienes perdieron sus hogares.

Buscar a quienes necesitan una palabra de esperanza.

Buscar maneras concretas de ayudar.

Y buscar también una Colombia diferente después de esta tragedia.

Una Colombia que aprenda.

Una Colombia que se prepare mejor.

Una Colombia que no abandone a sus regiones más vulnerables cuando las cámaras se apaguen.

Una Colombia capaz de descubrir, en medio de una de sus horas más oscuras, que todavía puede levantarse.

Desde Generación Nueva elevamos nuestras oraciones por las familias que han perdido a sus seres queridos, por quienes permanecen heridos, por quienes aún esperan noticias y por cada persona que trabaja en las labores de búsqueda, rescate, atención y recuperación.

Que Dios dé fortaleza a quienes lloran.

Sabiduría a quienes toman decisiones.

Fuerza a quienes están rescatando.

Y esperanza a una nación que hoy necesita recordar que, aun cuando todo parece haber quedado bajo los escombros, la vida sigue teniendo valor, la solidaridad todavía puede abrirse camino y la esperanza no tiene por qué morir.

Colombia tiembla. Colombia llora. Pero Colombia también puede levantarse.

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